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Saturday, August 20, 2022

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Reconocer los errores

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Reconocer los errores: German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Una de las cosas que más dicen del nivel de madurez y crecimiento personal es aprender a reconocer que nos hemos equivocado, que hemos cometido un error a pesar de las consecuencias que eso represente.

Sin embargo es una de las cosas que menos encontramos en nuestro día a día, por el contrario son muchos los casos en que ante un error o equivocación las personas buscan desesperadamente salir “ilesas” de culpa, llegando incluso a tratar de asignarle dicho error a otra persona aun sabiendo que no es así.

En el mundo corporativo por ejemplo, el esquema de comunicación se desborda en correos electrónicos informando al mayor detalle y al mayor número de personas posibles cualquier acción o decisión que se adelanta en el ejercicio de la labor a cargo, pero detrás de esto mas que el deseo de informar o dar por enterado a otros, lo que se busca es una especie de “blindaje” ante cualquier equivocación de tal manera que quien emite el correo pueda tener la posibilidad de decir que otros también sabían y que por tanto no es su error o en todo caso si lo asume pueda alegar que no es solo suyo o llegado el caso pueda incluso con cierta habilidad endilgárselo a otro.

¿Porqué es tan difícil aceptar que nos equivocamos?. En principio puede creerse que es el temor a las consecuencias las cuales sin duda pueden ser representativas según el error que se haya cometido.

No obstante existen otras razones que el medio en que nos desenvolvemos y la sociedad se han encargado de inculcarnos casi de manera inconsciente.

El modelo de persona exitosa por ejemplo, aquella que todo lo puede, que todo lo alcanza, aquella para las que las palabras “renuncia” o “cansancio” no están permitidas porque eso significa darle una oportunidad al fracaso.

Ese modelo de ser productivo 24/7 porque entre más se “hace” más se “logra” y por tanto más posibilidades hay de encajar en ese modelo de persona de éxito.

Además eso viene de la mano de la imagen que proyectamos, todavía muchos creen en esa imagen de modelo de “súper persona”, que es casi perfecta, que todo lo hace bien, que tiene los mejores resultados, que es un referente en su oficio y por tanto reconocer que se ha equivocado en algún momento no le hace nada bien a esa imagen que es el alimento preferido del ego y ese sí que no perdona.

Ahora bien, no se trata entonces de ir por la vida saltando de equivocación en equivocación o en modo ensayo-error.

German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

De lo que se trata es de comprender que somos seres humanos en constante desarrollo y que a pesar de que hagamos nuestro mejor esfuerzo por controlar todas las variables que consideremos importantes en cualquier acción que emprendamos, siempre habrán elementos que escapan a nuestro control y que nos van a dejar expuestos a cierto margen de error por mínimo que sea.

“Errare Humanum Est”, errar es de humanos frase adjudicada a San Agustín y desarrollada más tarde por Cicerón en el Siglo I A.C nos invita a abrirle la puerta a esta posibilidad.

La historia puede mostrarnos muchos casos de personas que incurrieron no solo en una sino en varias equivocaciones (fracasos lo llaman algunos) antes de lograr eso por lo cual hoy son reconocidos: Winston Churchill, Walt Disney, J.K. Rowling son solo algunos ejemplos.

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Dice mucho mas de nuestra calidad como personas, aceptar nuestras equivocaciones desde la humildad y la oportunidad de aprendizaje que perdernos en excusas y “patadas de ahogado” tratando de liberarnos de nuestra responsabilidad.

Les dejo la invitación para que nos permitamos darle la vuelta a nuestros errores o equivocaciones y procuremos asumirlos desde la oportunidad y no desde el señalamiento o la pena. ¡Los abrazo!

Reflexión: El poder de la palabra

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El poder la palabra: German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

“Herir con la palabra es como herir con la espada: cura la herida, pero queda la cicatriz”: Shakespeare.

El lenguaje verbal que constituye la palabra es quizás la forma del lenguaje con la que más nos comunicamos, es la más inmediata, la que tenemos a la mano todo el tiempo y la que nos presenta más oportunidades de interrelacionarnos socialmente.

German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Sin embargo y desafortunadamente es la forma de comunicarnos que hacemos de manera más inconsciente, generando malestar en el otro; malestar que puede manifestarse en forma de ofensa, de falta de reconocimiento, de humillación, incluso de dolor, todo dependiendo de las circunstancias y del tipo de vínculo que nos relacione.

Vamos incorporando de manera inconsciente a nuestro lenguaje cotidiano , formas de expresión y palabras concebidas desde un contexto de agresión, expresiones como: “estuve hablando con mi jefe y vieras lo que me dijo, quería matarlo!”, “debemos luchar contra…”, “odio que me hagan esperar”, “es preciso atacar las causas de…”.

Este lenguaje construido desde esa concepción de vocablos que denotan agresividad e intolerancia los hemos incorporado a nuestra cotidianidad de tal forma que se ha vuelto “normal” pues entendemos que se trata de una expresión en “sentido figurado” y que por tanto no representa ningún riesgo, ni está mal seguirlo haciendo.

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Obviamos sin embargo la carga emocional que acompaña este tipo de expresiones y que son las que sí representan un riesgo no solo por el impacto con que los otros las perciben, sino también por el impacto de éstas en nuestra mente; e incluso en nuestra salud mental asociadas al efecto de este tipo de comunicaciones en nuestros niveles de estrés considerando que comprenden un vocabulario que promueve la intolerancia así como la falta de paciencia y aceptación con la que abordamos determinadas situaciones.

Como seres humanos somos capaces de irradiar a nuestro alrededor con la carga de energía y vibración con la que nos manifestamos, así pues si vibramos en armonía irradiamos armonía, paz y tranquilidad, en caso contrario, irradiaremos malestar y sentido de agresividad.

Hacernos conscientes de los términos que hacen parte de nuestro vocabulario diario, esto es prestar atención a lo qué decimos y a cómo lo decimos, nos ayuda a identificar esos patrones lingüísticos, de tal forma que les vamos restando fuerza, poder y así vamos de manera paulatina dando un salto hacia una forma de comunicarnos de manera más consciente, considerando que un nuevo nivel de conciencia requiere otro nivel de lenguaje.

“Las palabras son la herramienta más poderosa que tiene como ser humano, el instrumento de la magia”.

“Pero son como una espada de doble filo: Pueden crear el sueño más bello o destruir todo lo que te rodea. Uno de los filos es el uso erróneo de las palabras, que crean un infierno en vida. El otro es la impecabilidad de las palabras, que sólo engendrará belleza y amor”: Miguel Ruiz.

Miguel Ruiz plantea en sus 4 acuerdos unas premisas básicas entre la cuales se encuentra ser impecable con las palabras, es decir revisar y tomar conciencia de la palabra.

Esto implica antes que nada, no utilizarla contra sí mismo entendiendo por esto que cualquier palabra emitida por mí que genere malestar en el otro, hará que ese otro me odie y eso ya no será bueno para mí.

Practicar la impecabilidad de la palabra es una buena forma de tomar conciencia del uso habitual que hacemos de ésta para culpar, maldecir, reprochar, destruir y lamentarse; tomar conciencia de la palabra supone una invitación para darnos cuenta de qué tanto la usamos para expresar amor, tolerancia, comprensión y generar bienestar a nuestro alrededor.

La palabra y su forma pueden construir o destruir, pueden ser la diferencia entre alentar o motivar a alguien o hundirlo en lo más profundo de su nivel de auto estima; a través de la palabra grandes líderes a lo largo del tiempo han llevado a comunidades enteras a la opresión, pero también ha sido utilizada por otros para promover la esperanza y las acciones de cambio que representan desarrollo y evolución social y personal.

Así que no lo olvides: tu palabra tiene poder!.

¿Cómo estás utilizando el poder de tú palabra cuando te hablas a ti mismo y a los demás?
¿Utilizas un lenguaje posibilitador o limitador, constructivo o destructivo?

Tu éxito no es mi éxito.

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Tu éxito no es mi éxito: German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Hace algunos años, 6 aproximadamente que decidí darme una mirada más “contemplativa” por decirlo de alguna manera a mi mismo, a mis emociones, a mis pensamientos, a mis deseos y en general a todas esas cosas que, de una u otra forma me generaban cierta inconformidad con la vida.

Tenía todo aquello que en teoría se necesita para ser feliz: una familia, una pareja, un trabajo que además de buenos ingresos me permitía mantener una buena imagen, ese “status” del que a muchos nos gusta jactarnos (aunque digamos que no, de dientes hacia afuera), una casa, un buen carro, en fin, era algo así como la “vida perfecta”, el “éxito” en pleno.

Pero, ¿adivinen qué?.

Yo no me sentía bien, ese éxito distaba mucho de lo que pensaba que era y me sentía inconforme a pesar de todo eso.

Sentía a veces que no importaba lo que hiciera, ir al mejor restaurante, comprarme lo que mas me gustaba, irme un fin de semana a algún sitio de “moda”, no importaba cual gratificante fuera la acción, al final terminaba invadido por una sensación de vacío, acompañada además de cierta frustración que iba alimentándose en la medida en que no lograba comprender porque me sentía así, si “lo tenía casi todo”.

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Conocí entonces a alguien que me invitó a “echar un vistazo” hacia mi interior, de una manera objetiva y un poco más profunda.

Desde ahí empecé un proceso, lento por cierto, donde cada vez voy siendo mas consciente de qué es lo que realmente quiero, de qué es lo que realmente me genera tranquilidad, de hasta donde permito que los agentes externos o del entorno influyan o ejerzan control sobre mis decisiones, mis sensaciones o mis gustos. Mas allá de lo que ese entorno espera de mí o incluso de lo que yo creo que espera de mí.

Germán Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Y cuando hablo de entorno, me refiero a la familia, a los amigos, a la pareja y en general a todo el circulo social del cual hago parte y del que me he dejado permear durante mucho tiempo.

Y cuando empiezo este proceso, repito: lento y hasta doloroso en ocasiones (en otra publicación les contaré porque puede llegar a ser doloroso), me voy encontrando una serie de elementos que me permiten darme cuenta. De que detrás de esa insatisfacción personal a pesar de “tenerlo casi todo” se encontraba un afán personal de agradar a los demás, de cumplir con las expectativas del medio, de ajustarme a ese concepto de “éxito” social, muy asociado además al “tener”, tener un buen carro, tener una posición laboral, tener un reconocimiento, tener siempre la “mejor pinta”, tener, tener, tener.

Y ojo, que no quiero decir que no esté bien tener, y que deba uno entonces hacer votos de “escasez” y negarse todo tipo de comodidades, lo que sí creo es que ese tener debe enfocarse a lo que yo realmente quiero y necesito para sentirme bien, cómodo y tranquilo que no necesariamente corresponde al mismo “tener” que nos vende la sociedad como garantía de éxito.

Cuando empecé a reconocer dichos gustos y necesidades desde mi individualidad, empecé también a reconocer el origen y causa de esa sensación de inconformidad que no era otra que tratar de cumplirle al entorno, mas que a mi mismo, pero ¿porqué?, por el temor a no encajar, a no hacer parte de ese concepto de éxito que la sociedad me ha vendido o a que me vieran como el “diferente”, a pesar de la carga emocional y el correspondiente efecto en la salud mental (estrés, angustia y ansiedad) que debía soportar en muchas ocasiones, solo por conservar una imagen: la imagen del éxito, pero la social, no la mía.

Como les mencionaba al comienzo, hace ya mas de 5 años que decidí iniciar este trabajo de autoconocimiento, a través del cual he encontrado la fortaleza y pasión para tomar decisiones que me acercan más a mi verdadera esencia, que me han permitido vibrar más en función de lo que realmente me apasiona, que me ha llevado a desprenderme de muchos paradigmas, de muchos conceptos, a replantear y a observar muchas circunstancias de vida desde otra óptica.

Ha significado también decir adiós a muchas personas que se han ido quedando en el camino al no compartir el mismo significado de éxito, sin embargo ha traído también el nacimiento de nuevos vínculos con otras personas que comparten el mismo sentido de vida, pero lo más importante es que me ha permitido ir cultivando un sentido de tranquilidad en mi día a día, una conexión conmigo mismo desde el auto reconocimiento, la autovaloración, el ser consciente de que está bien sentirse débil e imperfecto y que no tengo porque sabérmelas todas, que lo realmente importante es reconocer aquellos aspectos que para mí representan el éxito y obrar conforme.

Está bien vibrar con el concepto de éxito social que establece el medio si de manera objetiva y consciente usted se siente cómodo ahí, si es así procure al máximo generar las acciones para lograrlo siempre y cuando esto no se le convierta en una carga; pero también está bien reconocerse en un concepto de éxito distinto, uno propio y personal que es tan válido como el anterior y seguramente más placentero.

Lo que si le puedo asegurar es que usted siempre logrará un mejor impacto en los demás cuando decide procurar el éxito desde su verdadera esencia, sin mencionar como esto mejora su calidad como ser humano.

Lo invito entonces a practicar el ejercicio de auto observarse y revisar desde donde concibe usted su significado de éxito.

Reflexión: Visitarte a ti mismo

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Visitarte a ti mismo: German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Nuestro trasegar por la vida nos lleva a asumir diferentes roles desde aquellos del plano familiar donde nos desempeñamos como padres, hijos, pareja, hermanos, etc.

Pasando por el laboral donde asumimos como jefes, colaboradores o pares , hasta aquellos que desempeñamos socialmente como miembros de una entidad, asociación, grupo o, simplemente como amigos o como un ciudadano más del lugar donde habitamos.

Muchos de estos roles exigen de nosotros asumir ciertas actitudes de autoridad como parte de nuestra tarea de hacer cumplir ciertas normas o reglas establecidas, y en ese sentido muchas veces no se nos permite expresar ciertas emociones o más bien debemos reprimirlas en aras de fortalecer o reforzar dicha actitud, ya sea por temor a perder el control o por conservar nuestra imagen.

El punto no tendría mayor discusión si fuéramos lo suficientemente conscientes como para no incorporar esta práctica de manera automática y permanente en todos los aspectos de nuestra vida, pero por el contrario lo que vamos haciendo es que cada vez más respondemos emocionalmente a lo que el exterior nos exige o espera de nosotros, restándole importancia a lo que nos dicta nuestro interior, aquello con lo que realmente nos sentimos conectados y cómodos.

Y es que mostrarse de alguna manera sensible emocionalmente nos hace sentir vulnerables y esa es una sensación a la que todos le huimos, puesto que consideramos la vulnerabilidad como algo “negativo”, cuando en realidad lo que nos permite es reconocernos tal como somos, de la necesidad que tenemos de estar conectados, de ser aceptados y de aprender a pedir ayuda cuando la necesitamos.

German Antonio Roa Cabrera, Especialista en gestión humana organizacional, consultor en Mindfulness y terapia transpersonal.

Se hace necesario entonces que asumamos una posición distinta al respecto, darnos la oportunidad de que nuestra fuerza y necesidades interiores cobren más importancia que los factores externos para poder así darnos la oportunidad de nombrar, reconocer y sentir cada emoción; es ahí cuando nos permitimos acoger el malestar que acompaña la rabia, las lagrimas que acompañan el dolor, la impotencia y rechazo ante una perdida y el júbilo y alegría propios del placer y el bienestar.

Ahora bien, esto no significa descargar nuestra ira, malestar o dolor en otros, sino reconocerlas para nosotros mismos: “así es como me siento”, “esto es lo que realmente quiero hacer”, “esto es lo que necesito”, “esto es lo que es verdaderamente importante para mí”.

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A medida que vamos reprimiendo o negando emociones durante mucho tiempo, vamos alimentando también nuestro crítico interno, a ese juez interior implacable que potencializa nuestras dudas e inseguridades y nuestro temor a expresarlas, y entre más tiempo nos demoremos en tomar conciencia, más fortalecemos ese juez y más difícil y pesada se va haciendo nuestra carga emocional, so pena de creer que podemos llegar a ser rechazados, criticados, humillados o, como mencionábamos anteriormente, hacernos vulnerables.

Cuando damos paso a la fuerza que nos permite ir develando poco a poco esa historia de debilidad que hemos construido alrededor del reconocimiento de nuestras emociones, abrimos la puerta para que broten esas que han estado guardadas, reprimidas y la mayoría de las veces negadas o no reconocidas y empezamos a sentirnos libres y livianos, más tranquilos.

Preguntarse ¿Cómo me siento cuando soy fiel a mi mismo?, entendiendo esa fidelidad como aquello que me conecta con lo que soy, con lo que siento, con todo aquello que me hace sentir tranquilo, es una buena forma de “visitarnos a nosotros mismos” e irnos reconociendo y redescubriendo desde nuestra verdadera esencia.

Y tú, ¿cada cuánto te visitas a ti mismo?.